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martes, 16 de diciembre de 2008

Ensayo sobre Hegel

Algunas personas nos sentimos exaltadas, emocionadas, debido a la cercanía de las fiestas próximas; y no necesariamente por un sentimiento cristiano. La exaltación es tal que uno se deja envolver por la osadía, de manera que, por ejemplo, no le importa hablar u opinar sobre temas de los que no se está bien informado. Así, mi osadía (además, el hecho de no tener algo nuevo que publicar) me empuja a dejar aquí un ensayo que realicé para mi clase sobre Filosofía moderna. Como ya se habrá dado usted cuenta, el ensayo es sobre Hegel; permítaseme unas acotaciones previas. No trato sobre toda la obra de Hegel sino sobre dos o tres conceptos que persisten en el desarrollo de su pensamiento; esto no quiere decir que mi explicación sobre esos conceptos sea necesariamente correcta; me atengo a lo aprendido en clase. Por otro lado, quienes ya hayan leído a Hegel -además de ser totalmente libres para reprocharme la presente insolencia- seguramente esperan los términos "en-sí", "para-sí", "en-sí-para-sí"; quienes hayan leído a Marx -quien usa conceptos hegelianos, pero denominándolos de manera distinta- seguramente esperan los términos "tesis", "antítesis", "síntesis". Yo me remito a los términos que utiliza el propio Hegel. Por último, dejo en claro que no soy adepto del sistema hegeliano, aunque reconozco algunos aportes valiosos que dejó para la Filosofía -no entraré en detalles. Dicho lo anterior, reproduzco fielmente este ensayo que, al menos, me valió una calificación favorable, aunque no perfecta.

El sistema que G. W. F. Hegel (1770-1831) pretende fundamentar como “método” para la obtención del conocimiento verdadero, absoluto, es vasto y complejo. A esto ha de sumarse el lenguaje un tanto confuso y oscuro que utiliza para la exposición de su pensamiento. Presenta este sistema, a su vez, una serie de conceptos que resultan fundamentales para la comprensión correcta de la filosofía que Hegel ha concebido. Suele decirse que la “Fenomenología del Espíritu” (1807) es una suerte de “introducción” (acaso por ser la primera obra importante que escribió) al pensamiento hegeliano, pues en su contenido se encuentra gran parte de los conceptos que Hegel utilizará para estructurar su filosofía; entre estos conceptos, importantes son la “Conciencia natural” y la “Negatividad”, términos que tratarán de explicarse en las siguientes líneas.

La conciencia natural es el primer momento de la conciencia en su camino hacia el Absoluto. Es la conciencia más simple entre los momentos que constituyen el camino dialéctico hacia la conciencia absoluta. Se le denomina también con términos (usados por el mismo Hegel) como “conciencia sensible” o “ser-ahí” (término que, posteriormente, retomará Heidegger en su “Ser y tiempo”). La conciencia natural es una percepción fenoménica, es decir, un “darse cuenta” del objeto como fenómeno, de manera limitada, unilateral, abstracta; la percepción del objeto es limitada porque sólo podemos percibir un aspecto del mismo, un aspecto que es la forma tal como el objeto aparece –como fenómeno- ante nosotros. Asimismo, la conciencia natural constituye el darse cuenta la conciencia de sí misma pero aislada del exterior, sólo es capaz de reconocerse a sí misma. Por lo tanto, en la conciencia natural el conocimiento sólo puede darse parcialmente. Sin embargo, la conciencia natural es la base sobre la cual se desarrollará el movimiento dialéctico hasta llegar al momento del Absoluto: la conciencia natural comprende el momento del en-sí, el cual pasará, al reconocer la conciencia sus contradicciones, hacia un para-sí (o salida del en-sí de la conciencia hacia su exterior –tratando de ser reconocida por otra conciencia, que también pretende ser reconocida por encontrarse en la misma situación que la primera) y luego, finalmente, hacia el en-sí-para-sí, el cual constituye el regreso de la conciencia desde el exterior a su en-sí, el cual ha sido sintetizado con los aspectos positivos del para-sí. Tal es la importancia de la conciencia natural para el proceso dialéctico que llevará al Absoluto, pues da origen a una antítesis que la niega y que trabaja en sus contradicciones, de tal manera que luego pueda realizarse la síntesis del en-sí y del para-sí en el momento del Absoluto.

Para avanzar en los niveles de la conciencia, tenemos que permitir la contradicción de la conciencia natural, es decir, permitir el surgimiento de una antítesis, la cual, al ser superada (pero no obviada), permitirá llegar al saber absoluto. Lo verdadero, lo Absoluto, está al final del proceso dialéctico, al final del sistema que Hegel pretende mostrarnos; y lo verdadero es complejo, no puede obtenerse de manera inmediata sino a través de mediaciones entre los distintos momentos de la conciencia. Este “camino dialéctico” que se sigue es posible gracias a la negatividad, que surge, precisamente, para avanzar por los niveles de la conciencia. La negatividad es un concepto fundamental para entender el sistema hegeliano, pues muestra cómo es que del objeto de la conciencia natural se deriva una contradicción que, a su vez, será negada también, en favor de un nuevo momento que marcará la síntesis de ambos (síntesis del en-sí y del para-sí). Si bien a primera vista el término “negatividad” puede tener una connotación -valga la redundancia- negativa, lo cierto es que para Hegel la negatividad tiene una importancia positiva, pues la negatividad es la manera en que se pasa de un en-sí hacia un para-sí y, luego, hacia un en-sí-para-sí. Sin negatividad no habría Absoluto, pues se necesita de aquélla para superar y recuperar (lo que Hegel define con el término Aufhebung) los momentos anteriores al Absoluto. En ese sentido, acertada es la frase de Giovanni Reale, refiriéndose al pensamiento de Hegel: “Lo infinito [lo Absoluto] es lo positivo que se realiza mediante la negación de aquella negación que es propia de todo lo finito, es la eliminación y superación siempre activa de lo finito” (1). La negatividad es el motor que impulsa el movimiento dialéctico del ser-ahí hasta la conciencia absoluta.

La constante negatividad que nos lleva de un momento a otro hasta alcanzar el Absoluto, implica la superación de un momento de la conciencia por medio del momento que subsigue, es decir, del momento que niega o muestra las contradicciones del momento anterior. El momento especulativo del en-sí-para-sí es, además de tal superación, una recuperación de lo positivo del momento de la conciencia natural y del momento del para-sí; esta recuperación no habría podido lograrse sin la transición, por medio de la negatividad, desde el momento del ser-ahí hacia el momento del para-sí que contradice lo sustentado por el primer momento. Lo que aquí denominamos como “superación” y “recuperación”, Hegel lo manifiesta por medio de un solo término: Aufhebung (del alemán Aufheben). Dadas las dos denominaciones anteriores, las de “superación” y “recuperación”, podría pensarse en una ambivalencia cuya consecuencia sería la de una confusión debido a este exabrupto lingüístico; sin embargo, Hegel considera que los dos significados de Aufhebung son válidos para la explicación del proceso dialéctico. La superación del en-sí y del para-sí es una característica necesaria del Absoluto y, a la vez, el Absoluto tiene que haber recuperado los aspectos positivos de ambos momentos previos (superadas ya sus contradicciones): lo Absoluto, como infinito, tiene que contener (recuperar) los aspectos reformulados (superados) del en-sí y del para-sí.




1. Reale, Giovanni y Dario Antiseri: “Historia del pensamiento filosófico y científico” (Vol. III). Tres volúmenes. Tercera edición. Barcelona: Herder, 2001.




martes, 9 de diciembre de 2008

Alemania


Seré breve; mis circunstancias apremian. El insomnio trajo a mis manos un volumen de "El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo", de Friedrich Nietzsche. Tras una bella y esclarecedora introducción de Andrés Sánchez Pascual, el prólogo reza lo siguiente: "Este libro pertenece a los menos. Tal vez no viva todavía ninguno de ellos" (1).

La curiosidad trajo a mis manos un volumen de "Mi lucha", de Adolph Hitler. Tras unas líneas en las que el autor narra el contexto en que este libro fue escrito, el prefacio dicta lo siguiente: "Este libro no está escrito para los extraños, sino para los adherentes al movimiento que pertenecen a él de corazón y desean ilustrarse a su respecto" (2).

Como el lector sabrá, mucho se ha escrito (y especulado) sobre la supuesta influencia que el pensamiento de Nietzsche habría ejercido sobre la doctrina nacionalsocialista. Por mi parte, espero aún esclarecer esta información. Ya se habrá dado usted cuenta del "parecido" que hay entre ambos fragmentos. Sería, sin embargo, irresponsable hablar de cualquier forma de plagio; habría que indicar dos puntos al respecto: primero, que persisten aquéllos quienes señalan que Hitler jamás leyó la obra de Nietzsche; segundo, que mientras el primer fragmento se nutre de un sentido filosófico, el fragmento de Adolph Hitler tiene un sesgo netamente político. Interesante es observar que frases similares puedan servir de sustento a fines diferentes y a posiciones que han de encontrarse separadas, como es el caso (algunas muchas veces) de la Filosofía y la política. Hitler no pudo ser el Superhombre; Hitler nunca siguió el proceso.




(1) Friedrich Nietzsche, "El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo". Introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1993.
(2) Adolph Hitler, "Mi lucha". Traducción de Alberto Saldivar. Buenos Aires: Luz - Ediciones modernas, s/f.









jueves, 2 de octubre de 2008

De una transformación

Gran parte de quienes se han acercado a la obra de Franz Kafka lo ha hecho a través de esa gran y, muchas veces, poco comprendida novela -o relato, si su extensión no complace al lector como para denominarla "novela"- llamada comúnmente, "La metamorfosis". Sin embargo, poco conocido es el problema que ha suscitado la traducción del título de esta obra. Presento pues, una breve explicación de esta pequeña "polémica".

Me enteré del tema a través de Jordi LLovet, gran y sobresaliente estudioso de la obra de Kafka. En el prólogo a "La metamorfosis", Llovet empieza así: "Con ocasión del primer centenario de la muerte de Kafka, un periódico publicaba el 3 de julio de 1983 unas declaraciones de Jorge Luis Borges, antiguo conocedor de la obra del escritor praguense, que incluían este párrafo (...): 'Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es
La transformación, y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate, yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán. Cuando trabajé con la obra el editor insistió en dejarla así porque ya se había hecho famosa y se la vinculaba con Kafka'" (1). Así, el título original en alemán es "Die Verwandlung" y no "Die metamorphose"; confieso que no conozco el idioma alemán, pero sí tengo muy claro que "Verwandlung" significa en español simplemente, "transformación". Para corroborar lo último, cito nuevamente a Llovet, quien continúa su prólogo de la siguiente manera: "En su lengua original, efectivamente, la narración llevaba por título Die Verwandlung, que no significa otra cosa que transformación, cambio de forma, mutación del aspecto exterior. Esta palabra alemana no sugiere ningún cambio esencial, y mucho menos indica la participación de causas sobrenaturales o de poderes incomprensibles: en estos casos, la lengua alemana usa mucho más la voz de origen griego Metamorphose que la muy corriente, como bien sabía Borges, Verwandlung"(2).

Fernando Sorrentino, autor de "Siete conversaciones con Jorge Luis Borges", informa (también en boca del autor de "Ficciones") que es muy probable que la traducción al español clásica de este relato que se atribuye a Borges (pero que en realidad, es de procedencia anónima), se haya realizado a partir de una traducción francesa de la misma. En francés,
La transformación -desde ahora llamaré así al relato- se tradujo como "La métamorphose", acaso con vistas a incitar un cierto misticismo, y es muy probable que de aquí provenga para nosotros, hispanohablantes, la mal llamada "metamorfosis". (3)

¿Y cuál es el problema -diría el lector- de llamar "metamorfosis" o "transformación" a la obra; total, no es el contenido el mismo? A grandes rasgos, sobretodo en lo que respecta a la última parte de la pregunta, es cierto que el contenido "es" el mismo; repito: a grandes rasgos. Para aclarar un poco este asunto, voy a comentar algunos aspectos sobre la importancia que toma -o tomaría- el título de la obra kafkiana como primera impresión en nosotros, lectores.

Imaginemos a un individuo que nunca ha leído a Kafka; imaginemos a los escolares de secundaria, quienes, por mandato del profesor, tienen que leer "La transformación". Obviamente, en las escuelas (al menos en las escuelas nacionales) se sigue utilizando el título erróneo, "La metamorfosis"; así que, al escuchar por primera vez el título, el estudiante -entusiasmado o no por leer el relato- tiene la primera impresión de una obra "fantástica", fuera de lo común, donde los personajes mutan en otros personajes extraordinarios. Seguramente ya pensará usted que exagero, pero, créalo o no, estas impresiones suceden: le ocurrió a algunos compañeros míos en la escuela, cuando tuvieron que leer la obra en cuestión. Entonces, entusiasmado, el nuevo lector ya tiene una imagen de lo que será el contenido de la obra. Pero, tras el único suceso que podríamos llamar "extraordinario", Gregor Samsa despertando y viéndose como un insecto gigante, el lector no encontrará algo "fuera de lo común". Lo que encontrará será una narración cruda; un personaje cuya degradación lo cubre poco a poco; una familia, si se puede llamar así a un puñado de monstruos, que se ha convertido en una pesadilla a la que, lamentablemente, Gregor Samsa tiene que seguir ligado. No, lo "fuera de lo común" no es la experiencia maravillosa de las mutaciones que el lector esperaba: lo "fuera de lo común" es la vida cotidiana que se lleva, pero transformada en una quimera terrible.

Así, la palabra "metamorfosis" queda desterrada del sentido que Kafka quiso dar al cambio radical, mas no fantástico, en la vida de un individuo y en su relación con los otros. Este cambio es más cercano a nosotros, a nuestra rutina: es, por esto, sólo una "transformación". Pero como se dijo al principio, la publicidad, la comercialización que la mayoría de editores quiere aplicar a "La transformación", sea por simple costumbre o por fines (digamos) lucrativos, este relato kafkiano será conocido, lamentablemente y por un buen tiempo aún, como "La metamorfosis", la infame metamorfosis. Depende, pues, de nosotros, lectores que empezamos a relacionarnos con esta monumental literatura, no dejar que el prejuicio de lo "fuera de lo común" -tal y como lo hemos visto- no afecte el modo en que empezamos con esta lectura. Interpretaciones, puede darle usted las que quiera. Pero evite las metamorfosis innecesarias.

Así como aquella vez en que su incomodidad surgió frente a la posibilidad de mostrar un escarabajo en la portada de su obra, Kafka se revolcaría en su tumba viendo cómo se ha tergiversado, a través de un inesperado título, la esencia de su relato.







(
1) Jorge Luis Borges, "Un sueño eterno", El País, 3 de julio de 1983. Citado en: Franz Kafka, "La metamorfosis y otros relatos", introducción de Jordi Llovet. Planeta, 2000.
(2) Franz Kafka, "La metamorfosis y otros relatos". Introducción de Jordi Llovet. Planeta, 2000.
(3) Cfr. Fernando Sorrentino, " El kafkiano caso de la Verwandlung que Borges jamás tradujo". En "La máquina del tiempo":
www.lamaquinadeltiempo.com/temas/traducc/Sorrent.htm

jueves, 24 de julio de 2008

Otro cuento breve y extraordinario

En el prólogo a "Cuentos breves y extraordinarios" (Losada, 1973), recopilación que de este tipo de literatura hicieron Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, se escribió lo siguiente: "Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal". Conocida es la opinión que tenían estos dos escritores acerca de esa literatura llamada (autollamada, en algunos casos) realista o, en otras oportunidades, psicológica: baste revisar el prólogo de Jorge Luis Borges a "La invención de Morel", obra de Bioy Casares, novela que el autor de "Ficciones" calificó como de "trama perfecta".

Por estos días he empezado a leer "La náusea", obra de Jean-Paul Sartre, y he encontrado un párrafo en el "capítulo" -la obra se confeccionó a manera de un diario, por lo que no existen capítulos propiamente dichos, sino fechas- "Viernes, las tres" que me parece encajaría muy bien con las condiciones planteadas por los argentinos en la susodicha antología. Si bien "La náusea" es una novela de corte existencialista y posee algunos rasgos de novela psicológica, este párrafo me parece desligado de estas tendencias: es más bien, un "cuento breve y extraordinario". El párrafo-cuento es el siguiente:

"Del montañés no veo sino un gran ojo reventado, lechoso. ¿Y era de él ese ojo? El médico que me exponía en Bakú el principio de los abortadores del Estado también era tuerto, y cuando quiero recordar su rostro, aparece de nuevo ese globo blancuzco. Esos dos hombres, como los nornes, sólo tienen un ojo que se pasan por turno".

Acaso el texto anterior sea muy breve para algunos. ¿Cuento? Sí, cuento. Que tenga más una apariencia de cita, no importa. Las citas abundan en esta antología fantástica. La única novela de Edgar Allan Poe sería un ejemplo, al igual que otros textos extraídos del Panchatantra, Heimskringla y de mútliples obras lamentablemente muy poco difundidas ya. ¿Nornes?