domingo, 27 de abril de 2008

II

Ese día terminaba ya mi labor diaria; tras una jornada extenuante y una discusión con los compañeros de trabajo, me dirigía a casa, a mi descanso. Me disponía a abordar el bus de las seis de la tarde. Aún faltaban veinticuatro minutos antes de las seis, así que decidí ir, primero, a comprar unos cigarrillos.

La tienda se encontraba a cien metros de la estación. Cuando llegué, el local estaba abarrotado de gente; tuve que esperar a que llegara mi turno. Para cuando salí del lugar me di con la sorpresa de que tan sólo faltaban seis minutos para la llegada del bus a la estación; entonces, apresuré el paso, casi hasta correr. Llegué a la estación, pero el vehículo ya partía. Enfurecido, enjugué el sudor de mi frente y mis mejillas, y, sentándome en una de las bancas de espera, encendí un cigarrillo. Tendría que esperar el bus de las seis con cuarenta, no tenía otra opción. Mi día parecía empeorar.

Al principio creí estar solo en toda la amplitud del lugar, lo que me hizo pensar y maldecir esos momentos, esa hora, ese día, ¡odié todo el tiempo! Estaba tan enfadado que, sumido en mis furias, no di cuenta de la presencia de una joven sentada unos cuantos metros más allá, a mi izquierda. Me ruboricé del sólo pensar que aquella muchacha había presenciado mi infortunada rabieta. Me calmé (o al menos traté de hacerlo; ya no lo recuerdo bien). Me di cuenta de que, para bien (ya no lo veo de esa forma), la muchacha no me miraba, estaba inmersa en sus propios pensamientos. Por alguna razón que desconozco, me dediqué a observarla minuciosamente: cualquier descripción suya sería insuficiente e impertinente, pues sólo puedo decir que era bellísima, de belleza tal que las palabras no alcanzan a expresar la artística hermosura de su rostro ni la cuidadosamente delineada figura de su cuerpo. ¡Son tan pocas las veces que el hombre puede apreciar tanta belleza natural!

Llegaba el bus de las seis con treinta y lo abordé aunque no era el que yo esperaba: lo abordé porque la muchacha lo hizo y porque yo no podía dejarla ir, resignándome a no verla nunca más. No, eso no lo permitiría.

El bus estaba lleno, mas ella alcanzó un asiento hacia el fondo. Decidí dirigirme también hacia allá: viajaría de pie, sí, pero estaría cerca de ella. A dónde se dirigía el bus era algo que yo ignoraba, no me importaba en lo absoluto; yo estaba cerca de ella y eso me bastaba. Todos en sus asuntos, yo amándola y ella... ella estaba triste.

Ya me había dado cuenta de ello en la estación, pero en ese momento, mientras el bus seguía su marcha, sentí que su tristeza se agudizaba. Nunca pensé que en el rostro más bello podría gobernar la pena más profunda. Su delicado rostro daba hacia la ventana, su mirada se perdía entre la ciudad que quedaba atrás y la brisa que la envolvía. ¿Qué estaría pasando en sus recuerdos como para ahogarla en expresión tan lúgubre? Sentí impotencia, rabia, pena, porque no podía hacer nada para aliviar sus emociones. Por momentos pensé en decirle algo. Que ya no sufriera, que sonriera, que deje atrás esos padecimientos y que viviera ahora, conmigo. Pero el brotar de una lágrima y su viaje por la lozanía celestial de su mejilla, refrenó mis impulsos; pasmado, enmudecí mi conciencia. No podría ayudarla, ni aunque quisiera.

Recordé las lágrimas de la Virgen por el hijo muerto, a Julieta tras su frustrado plan, a Hamlet y a su madre tendidos en el suelo de un castillo, las lágrimas de mi madre enferma, los ocasos de septiembre, mi padre abandonándome, un revólver, una alondra con el ala destrozada, un niño hambriento y yaciente en la plaza de la ciudad de L. ¡Tantas cosas que, inexplicablemente, ahora puedo recordar! Las recordaba mientras la observaba interrumpidamente hasta que, en un momento glorioso, ella se levantó de su asiento y, antes de partir para siempre, alzó su mirada y la fijó en mis ojos. No supe qué hacer, mas no fue necesario hacer cosa alguna: su mirada se enterneció y en sus labios se dibujó una sonrisa leve y que guardo celosamente en mi espíritu. Fuimos uno y lo seríamos por siempre.

Cuando bajó del bus, cuando dejó mi vida, yo me senté en el asiento que ella había dejado libre. Estando en su lugar sentí, de una manera extraña, todo el caos que reinó en sus cavilaciones; incluso osé pensar que había descubierto la causa de su vórtice interior. Pero di cuenta de que nada, ni lo más divino y sagrado, podría imaginar lo que ella padecía en su corazón; y de algún modo me sentí ella, me sentí su alma desesperada, me sentí eterno.

He pasado sesenta años en su búsqueda, pensando sin cesar en ese día; he visto todo y lo he dejado todo por alcanzar su humanidad. Quiero seguir buscándola, pero el Tiempo me es insuficiente: veo ya una luz pura que me pide acudir a su llamado. Quizá no tenga que buscar más.


miércoles, 19 de marzo de 2008

I

Eran casi las seis de la tarde y el sol, ligero ya, aún permanecía; pero se podía apreciar la celeste y grisácea figura de la luna.

Caminaba, caminaba por aquellos pastos maltrechos y la muchedumbre andaba, andaba siguiendo su rumbo a ningún lugar, ignorando a los demás e ignorándose a sí mismos. Así, los moribundos rayos del astro acariciaron mi rostro vago, ido, lacónico. Fueron esas las luces que me hicieron recordarla. Estaba yo en ningún lugar.

Tal expresión solar era análoga a sus matices, que quedaron guardados en mi memoria; ese color luminoso, semejante a los atardeceres en Alejandría. ¿Qué podía ser yo sin ella? La había esperado tanto, tanto y ahora se había ido. ¡Qué cruel es esa metáfora a la que el hombre ha dignado llamar Destino!

Sí, es cierto. Había esperanzas. Pero eran pocas. Para mí, casi nulas.

Mirando esta nada radiante me ahogaba en pensamientos y recuerdos, mientras mi aliento se tornaba amargo, seco. Los recuerdos me asfixiaban, me ataban a vivencias pasadas. No me permitían avanzar.

Y odié en ese instante mi nihil alrededor, porque me hundían más en mis Infiernos, Infiernos a los que desde hace tanto estoy acostumbrado. Pero la costumbre no serviría para sobrevivir en este Tártaro. Y te recuerdo tanto, tanto que duele haberte conocido; haberte visto aquella vez, sonriente y envuelta en esa atmósfera etérea que había creado para ti. No te amé, pero ¡cuánto te hubiera amado!

miércoles, 12 de marzo de 2008

Aves

Dulce manar de las cuerdas
que osan irrumpir en el silencio
que impera en las dimensiones
de la sabiduría y la grandilocuencia,
como fugaces gorriones
de retorno al nido nuevo.

Son voces de ninfas aferradas
al bosque azul de los míticos sueños
que brindan la ilusión,
el deseo, la calma
tras el susurro inesperado
de las sempiternas maravillas que el hombre ha creado...

Carne

¿De pronto sientes algo
y no lo dices?
Perpleja tu boca fluye
sobre las montañas que al sol escoltan.
No hay más remedio para ese ardor
que manar. Manar.

Juntos saltamos los Tártaros...
¡apuramos en ocultarnos bajo Atlas!,

pero no hubo manera de burlar
a los jinetes de los mantos negros.

De sus voces estruendosas, un chillido;

cual martillo sobre el hierro, nuestros yunques destrozó.
Siete espadas, siete filos;
nuestra carne en putrefacción---


Resplandecimiento abstracto


Hoy he sufrido y estoy feliz.

Porque tras esta paradoja
se extinguió el velo de mi cuestión vallejiana.
¡No soy carne ni sólo huesos!

Las aves se alejan de mí.

Hoy he sufrido y voy feliz.

Porque tras este barro hecho vida...

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?

...ha surgido un triste y diminuto fulgor,
dios existencialista de mis pobres almas.
¿Quién comprende lo oculto
mientras permanece bajo la sombra secreta de Atlas?

Hoy he sufrido.

Sé que vivo muerto.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Presagio

La clase de Economía había finalizado; ahora esperaba contento la clase de Filosofía. Eran las nueve de la mañana. Estaba contento porque ese día se hablaría de un tema que, de una u otra forma, causaría revuelo en los ochenta alumnos que estábamos allí, soportando el dolor que suponía estar sentados en esas bancas de madera. Ese día se hablaría del Marxismo.

La clase de Filosofía duraba una hora; el profesor llevaba diez minutos de retraso. A los doce minutos aproximadamente, llegó e ingresó al aula. Vestía su clásica chompa color café, pantalones marrones y zapatos de un color muy oscuro, parecido al negro; su corte de cabello era preciso para el semblante un tanto hosco que llevaba en esos momentos. Sacó de su bolsillo una destrozada caja de tizas y empezó a escribir en el pizarrón.

Yo no era marxista; tampoco lo soy ahora. Sin embargo, simpatizaba con una u otra idea debido, quizá, a mi anterior apego falsificado hacia el anarquismo, pues de anarqusimo no conocí nada (aunque mi adolescencia ilusa haya creído que sí) sino hasta un tiempo después; pero no era eso lo fundamental para mi curiosidad naciente. De ese modo, no era por una cuestión de mis ideas por lo que desde hace tanto esperaba esa clase. Mi interés nació porque la tendencia ideológica de -si no todos- la mayoría de docentes de la institución en la que estudiaba, se inclinaba a las ideas de Marx, Lenin, Mao, incluso a las de Guzmán en algunos casos. Sabía de antemano que este profesor de Filosofía no haría una clase vulgar acerca de las ideas marxistas, es decir, haciendo una descripción general del cuerpo ideológico para, luego de esta explicación, pasar a defender el por qué no se debe simpatizar con Marx (ni con sus derivados) y, a continuación, narrar las "terribles" consecuencias que sus postulados causaron. No, él no hablaría de esa forma. De eso estaba seguro.

- A ver, alumnos. Escuchen.

El bullicio dominante en el salón fue apaciguándose desde adelante hacia atrás. Uno a uno fueron callando las barbaridades que se gritaban desde una carpeta hacia otra. Se callaban, sí; pero no preveían lo que, instantes después, habrían de escuchar.

En primer lugar, el profesor aclaró que dicha doctrina poseía un carácter de clase y transformador, es decir, era clasista; por ello, buscaba eliminar cualquier otra clase social que no sea la clase obrera, el proletariado. Luego pasó a esbozar las fuentes y partes del marxismo: el materialsmo dialéctico era producto de la dialéctica de Hegel y el materialismo de Feuerbach; la economía marxista provenía de la economía política inglesa, específicamente, de los postulados de Adam Smith ("trabajo como fuente de riqueza"); el socialismo científico era una realización del socialismo utópico de Saint Simon, quien promulgaba una "nueva sociedad moral". El enfoque científico de la historia, la tesis de la plusvalía como consecuencia de la enajenación y la alienación, la tesis de la lucha de clases, fueron relevantes para el explayamiento (otro invento mío) de las ideas del profesor. Resalto ahora lo más crucial de su discurso.


<< Ahora se habla de partidos de izquierda, socialistas; pero no son más que pura basura. Esos partidos son un engaño, de socialismo no tienen nada. ¿Acaso creen que un verdadero socialista, un marxista va a conseguir su triunfo participando en esta política capitalista y elitista; creen que los apristas son socialistas de verdad tan sólo porque ellos lo dicen? No, señores. Así no funcionan las cosas para el marxismo. La única forma de triunfar es por la fuerza, eliminado toda la basura establecida, para establecer una sociedad nueva, donde, trabajando todos por igual, prosperaremos.

>> Se va derramar sangre, jóvenes. Eso sí. No ocurrirá hoy ni mañana, pero ya se acerca el día en que el marxismo triunfará en la sociedad: todos deben estar preparados. Y a todos ustedes, los que van a estudiar para ser empresarios, gerentes, aquellos que buscan carreras de lucro: prepárense... ¡ay de ustedes, el marxismo los buscará y eliminará como ratas! No van a escapar.

>> Pero es, pues, todo por un futuro mejor. A ver, díganme: ¿Quién mató a la vieja en Crimen y castigo?, ¿Jean Valjean o Rodión Raskólnikov? Pues Rodión Raskólnikov, ¿no es así? La clase baja, ¿no es cierto? Y es que es así, muchachos: el obrero va aniquilar a todos esos ricos porque no son más que gusanos, sanguijuelas, bichos, parásitos de esta sociedad.>>







El presente "artículo" (o como lo quieran llamar) está aún en elaboración; por lo tanto, el final lo publicaré en unos días, cuando dicho final logre gustarme (estos nuevos párrafos agregados no son del todo de mi agrado, pero creo que redactados de esta manera es suficiente). Espero que me agrade pronto, pues, hasta ahora, mi empresa es fallida.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Líneas

Hace una semana estuve paseando por las calles olvidadas de Lima céntrica y, mirando tienda tras tienda, llegué a un lugar que frecuentaba mucho cuando tenía 14 ó 15 años: el Boulevard de la cultura, en el jirón Quilca. En otra ocasión daré mi opinión sobre este viejo rincón catalogado como "contracultural".

Entré y empecé a recorrer cada puesto de libros, de música, de ropa, como andando sin fin alguno, hasta que me encontré con la Proveedora. Yo no me había percatado de su presencia: me pareció verla, pero no estuve seguro y seguí mi camino inerte. Pero ella sí me vio. Y no tuvo mejor idea que llamarme. Confundido, hice caso a su llamado y me adentré en su tienda de 1 por 1m. Obviamente me llamó con el fin de persuadirme y comprarle uno de los libros que vendía (por cierto, tiene muchos libros interesantes; rarezas incluídas), con la esperanza de que las cosas se repetirían como la vez en que le compré "La rebelión de las masas". Entonces husmeé en su mercancia y encontré "El extranjero"; le pregunté cuál era su costo y dejé el libro en su lugar cuando me respondió con una cifra que en ese momento no podía pagar.

- ¿Tiene algo de Dostoievski?

La Proveedora se alejó a otro lugar para buscar mi pedido, especificándole previamente que no quería obras como "Crimen y castigo" o "El jugador", sino las menos comunes, las que no podría encontrar en la feria de libros del jirón Amazonas. Durante su ausencia me adentré un poco más en su aposento (había veces en que la Proveedora se quedaba a dormir allí) y revisé los libros que no estaban en exposición abierta -aquellos que estaban, por decirlo de algún modo, en el almacén-. Había libros de Freud, Tolstoi, Cervantes, Borges... encontré a Dostoievski. Para sorpresa mía era una de sus obras menos divulgadas en las librerías ambulantes de la ciudad: "Apuntes del subsuelo".

- No, joven. No tengo.

Me apresuré, emocionado, a pagarle las 12 monedas correspondientes al libro que encontré, la Proveedora sumergió mi compra en una bolsa y me alejé, dándole mis mil gracias. En el camino de regreso a casa pensé que sería bueno abrirlo de una buena vez, pero, respetando la emoción del momento, decidí no abrirlo hasta llegar a la privacidad de mi habitación.

Al fin, luego de casi una hora de viaje, llegué a mi cubil y, con gran avidez, quité el plástico que cubría mi nuevo libro. ¡Qué cosas tan inesperadas pueden sucedernos cuando la emoción nos invade! Resulta que, debido a la emoción y al no querer abrir lo adquirido, no revisé, pues, los adentros del libro. ¡Qué desilusión me encadenó al notar que muchas frases de la obra estaban subrayadas! Peor aún: en la hoja de respeto se había estampado un sello con el nombre Alfonso Gómez, ingeniero. Quizá no me hubiera exaltado tanto si lo subrayado se hubiera realizado con lápiz, ¡pero no! Se había profanado el libro con tinta líquida de color negro.

Entonces, luego de narrar esta experiencia un tanto desagradable, expreso mi "queja". El subrayar textos, a mi parecer, es una técnica que puede ayudarnos con el estudio, recordarnos cosas que captaron nuestro interés; pero esta práctica se debe hacer siempre y cuando lo subrayado lo conservemos para siempre. No es justo que, luego de algún tiempo, ofrezcamos a la venta aquello que ya hemos subrayado; incluso me permito decir que ello es una falta de respeto para con el lector que, en un futuro, se encontrará con estas líneas. Hay otras formas de capturar esas frases, como, por ejemplo, apuntarlas en un papel aparte como Harry Haller, según nos cuenta Hesse en "El lobo estepario".

Felizmente, "Apuntes del subsuelo" es una obra interesantísima y, a pesar de las desagradables rayas extra que contiene, puedo disfrutar una y otra vez de su lectura. Entonces, la moraleja es: "Si subrayas tu libro, ¡no lo vendas!". Ojalá pueda hablar uno de estos días sobre mis impresiones al respecto de esta magnífica (hasta ahora) obra.