martes, 4 de noviembre de 2008

III

La situación obligaba a que uno se sentara al lado del otro. Un asiento desastrozo, pero libre, fue causa de la proximidad en que se encontraban los cuerpos. Interrumpió su lectura y alzó la mirada débil; contempló la joven figura que se acercaba a su lado derecho. La mirada intrusa lo perturbó, haciéndole volver los ojos a los desastres que llamaban palabras. Ya establecidos, sintió cómo la joven acomodaba su falda de tal manera que se cubrieran sus piernas delicadas; las miradas de las bestias circundantes la hacían sentir amenazada y divina. Un sobresalto del móvil hizo que el hombre se perdiera entre las letras de los documentos; no importaba, de todos modos ya no era su intención la de seguir leyendo.

Por un momento pensó en el Destino del que siempre había dudado. Y es que no se le ocurrió jamás un momento como este, el de ahora. Bien. Ya no importaba la causa primera de esta experiencia. Había ya que disfrutar el momento.

En principio, no haría nada. Sólo dejaría que los vaivenes del móvil permitieran la colisión de ambos. Pero empezó a divagar. La juventud que ahora estaba perdida, regresaba repentinamente mediante la figura fulminante de esta anónima jovencita. Su falso pudor no le permitió dar libremente una vuelta más a su cabeza, por ello sólo tornó los ojos al máximo hasta fijarlos imperfectamente en las mejillas de la muchacha. La mirada torpe pudo admirar los ojos de la niña distraída. Su juventud era una salida refrescante. Necesitaba una salida, aunque nunca supo de manera precisa qué era aquello de lo que quería escapar. Sólo habían puertas. Pero esta era la más grande.

Al fin. Un sobresalto hizo que el brazo de la joven rozara el suyo. Sí, sintió que ese diminuto cuerpo deseaba poseerlo de alguna manera extraña. Su anatomía gastada, ya casi moribunda, se sintió deseada, acaso por última vez. Creció su vigor, y sus pensamientos oscilantes entre lo turbio y lo romántico se enlazaban con la esperanza de lograr una pequeña aventura. Sí, tal vez aún no estaba todo perdido. Pero todos sus razonamientos se desmoronaron al escuchar un "discúlpeme" que salía de los labios de la joven. Era señal de desencantamiento. Sintió como si las sílabas tan bien pronunciadas por
esa muchacha denotaran asco ante su senil presencia, como si la presencia de ese viejo enfermizo provocara las ganas de la muchacha por salir de allí de inmediato, como si su condición de hombre hubiera sido desvalorada hasta límites insondables, como si... como si...

Tras ese viaje monstruoso, decidió y, más bien, comprendió que ya todo había sido dicho. Ya no necesitaba de ese trabajo agotador para satisfacer necesidades ajenas (¡el mundo sabría cuidarse solo!), ni de sus paseos absurdos para dar cuenta ante nadie -pero ante todos- de su aún persistente existencia. No, ya nada sería necesario. Sólo llegó a su casa, y pensó que ciertas cosas tenían que ser relatadas. No para ese resto que jamás se interesó por él, sino que tenía que rendir cuentas ante su propio tribunal acerca de su aventura infame. Subió a su viejo estudio, tomó una hoja y una pluma algo muerta. Escribió estas líneas que pretendió anónimas; líneas que, aunque sin valor alguno, sobrevivirían un poco más que su propio autor.



domingo, 2 de noviembre de 2008

Artificios

Tristeza. La nomenclatura de este sentimiento, tan violado e incomprendido por estos días, es el primer síntoma que acude a mi pensamiento cuando reflexiono un poco sobre este "problema" que en las líneas siguientes trataré de esbozar. Digo que trataré porque dudo poder exponer adecuadamente la materia de mis cavilaciones recientes.

Con el transcurrir de los días, siento que la desaparición de la Naturaleza se agudiza. No porque el mundo se esté acabando, sino porque es mi miopía la que también siento agudizarse. Desde hace unos años, casi sin darme cuenta, las cosas tienden a difuminarse ante mis ojos. La personas, los lugares, las estructuras: todo se vuelve confuso. Como dije, al principio no noté plenamente esta compleja situación; ahora, es algo que por momentos motiva algunas meditaciones desesperadas. Si no fuera por las debidas refutaciones formuladas para apaciguarlo, acaso confiaría en Descartes, a modo de consuelo. ¡Qué satisfacción la de obviar lo que perciben mis sentidos -mi vista- por ser estos engañosos y por no llevarme al conocimiento de la verdad! Con mayor razón me encomendaría en el pensamiento cartesiano tratándose de no confiar en lo que percibimos a lo lejos, pues con lo cercano aún no tengo muchos problemas. Aval para el conocimiento o no, el hecho es que ya no puedo percibir mi entorno como debiera hacerlo una persona cuya visión se encuentra en perfecto estado(*). Sí, existe un artefacto. Poseo uno. Pero, ¿podrá comprenderse cuán incómodo y patético es utilizarlo? Cierto, lo último habla sólo por mí; si el resto que usa anteojos toma esta situación -que detesto- de manera indiferente o normal, pues es su respetable opinión -la cual, no comparto. No puedo andar del todo tranquilo sabiendo que para observar los sucesos que se alzan frente a mí, tengo que utilizar dos pedazos de resina unidos; o que para dejar estos engaños tengo que someterme a una operación: es angustioso darse cuenta de que no podré observar plenamente mi entorno, de manera completamente natural. No soy ciego, es categórico; acaso ya se me está acusando de fatalista por hacer de una miopía, una tragedia edípica. Pero considero necesario, en cierto sentido, reflexionar así.

"No importa, no te pierdes mucho", diríame alguien. Poco o demasiado, esta realidad (es decir, la Naturaleza y los momentos actuales) es la que me ha tocado vivir, y es insoportable no poder disfrutarla o aborrecerla cabalmente, en todos sus aspectos.

Una vez pensé en elegir: la vista óptima o la ceguera. La miopía es un limbo entre ambos estados que me es incluso más trágico que la ceguera total. Si no puedo observar el mundo nítidamente, prefiero no verlo en absoluto. Pero, como optar por tal elección significaría recurrir a una solución radical y que, en cierto modo, podría llevarme a un dogmatismo infeliz, tengo que optar por resistir: resignarme a llevar un objeto sobre mi nariz cuando sea completamente necesario -porque me rehuso a usarlo permanentemente.

En estos momentos estoy recordando a un par de honorables ciegos, a Demócrito -según cuentan- y a Borges. Del primero, hay una leyenda que podría explicar el sentido de la elección anterior: se arrancó los ojos para no ser engañado por el mundo. Prefiero lo que cuenta Cicerón en sus "Disputaciones tusculanas", que, aunque ya no podía "distinguir el blanco del negro; podía aún, sin embargo, distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo honesto de lo torpe..." (1); que, a pesar de no distinguir ya el mundo, era feliz. Decía Demócrito, incluso, que "peregrinaba por todo el infinito, sin que ningún límite lo detuviera" (2). Por otro lado, dice Borges, en su conmovedor "Poema de los dones": "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche" (3). ¡Qué tortura la de tener a disposición toda una serie de libros, y no poder leerlos a causa de ese déficit!

No creo llegar a la ceguera total, al menos eso espero. Y si me quedo totalmente ciego (seamos, pues, un poco radicales), espero haber acumulado previamente el suficiente conocimiento del mundo como para poder elaborar imágenes infinitas en mis pensamientos (entonces) oscuros. Supongo que aún podría escribir: sólo necesitaría papel, lápiz y un pulso controlado. A menos que la ironía de Dios se extienda hasta el punto de derretir paulatinamente mis manos y, finalmente, mi cuerpo todo.





(*) Para no incurrir en el problema de la Perfección, sería mejor limitarme a decir "visión en condiciones óptimas"; sin embargo, dejo la frase original por suponer que el lector comprenderá a qué me refiero con ella.
(1) "Los filósofos presocráticos. Fragmentos III (Leucipo y Demócrito)". Traducción de María Isabel Santa Cruz de Prunes. Barcelona: RBA, 2003.
(2) Ibid.
(3) Jorge Luis Borges, "El hacedor". Madrid: Alianza editorial, 2004



jueves, 2 de octubre de 2008

De una transformación

Gran parte de quienes se han acercado a la obra de Franz Kafka lo ha hecho a través de esa gran y, muchas veces, poco comprendida novela -o relato, si su extensión no complace al lector como para denominarla "novela"- llamada comúnmente, "La metamorfosis". Sin embargo, poco conocido es el problema que ha suscitado la traducción del título de esta obra. Presento pues, una breve explicación de esta pequeña "polémica".

Me enteré del tema a través de Jordi LLovet, gran y sobresaliente estudioso de la obra de Kafka. En el prólogo a "La metamorfosis", Llovet empieza así: "Con ocasión del primer centenario de la muerte de Kafka, un periódico publicaba el 3 de julio de 1983 unas declaraciones de Jorge Luis Borges, antiguo conocedor de la obra del escritor praguense, que incluían este párrafo (...): 'Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es
La transformación, y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate, yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán. Cuando trabajé con la obra el editor insistió en dejarla así porque ya se había hecho famosa y se la vinculaba con Kafka'" (1). Así, el título original en alemán es "Die Verwandlung" y no "Die metamorphose"; confieso que no conozco el idioma alemán, pero sí tengo muy claro que "Verwandlung" significa en español simplemente, "transformación". Para corroborar lo último, cito nuevamente a Llovet, quien continúa su prólogo de la siguiente manera: "En su lengua original, efectivamente, la narración llevaba por título Die Verwandlung, que no significa otra cosa que transformación, cambio de forma, mutación del aspecto exterior. Esta palabra alemana no sugiere ningún cambio esencial, y mucho menos indica la participación de causas sobrenaturales o de poderes incomprensibles: en estos casos, la lengua alemana usa mucho más la voz de origen griego Metamorphose que la muy corriente, como bien sabía Borges, Verwandlung"(2).

Fernando Sorrentino, autor de "Siete conversaciones con Jorge Luis Borges", informa (también en boca del autor de "Ficciones") que es muy probable que la traducción al español clásica de este relato que se atribuye a Borges (pero que en realidad, es de procedencia anónima), se haya realizado a partir de una traducción francesa de la misma. En francés,
La transformación -desde ahora llamaré así al relato- se tradujo como "La métamorphose", acaso con vistas a incitar un cierto misticismo, y es muy probable que de aquí provenga para nosotros, hispanohablantes, la mal llamada "metamorfosis". (3)

¿Y cuál es el problema -diría el lector- de llamar "metamorfosis" o "transformación" a la obra; total, no es el contenido el mismo? A grandes rasgos, sobretodo en lo que respecta a la última parte de la pregunta, es cierto que el contenido "es" el mismo; repito: a grandes rasgos. Para aclarar un poco este asunto, voy a comentar algunos aspectos sobre la importancia que toma -o tomaría- el título de la obra kafkiana como primera impresión en nosotros, lectores.

Imaginemos a un individuo que nunca ha leído a Kafka; imaginemos a los escolares de secundaria, quienes, por mandato del profesor, tienen que leer "La transformación". Obviamente, en las escuelas (al menos en las escuelas nacionales) se sigue utilizando el título erróneo, "La metamorfosis"; así que, al escuchar por primera vez el título, el estudiante -entusiasmado o no por leer el relato- tiene la primera impresión de una obra "fantástica", fuera de lo común, donde los personajes mutan en otros personajes extraordinarios. Seguramente ya pensará usted que exagero, pero, créalo o no, estas impresiones suceden: le ocurrió a algunos compañeros míos en la escuela, cuando tuvieron que leer la obra en cuestión. Entonces, entusiasmado, el nuevo lector ya tiene una imagen de lo que será el contenido de la obra. Pero, tras el único suceso que podríamos llamar "extraordinario", Gregor Samsa despertando y viéndose como un insecto gigante, el lector no encontrará algo "fuera de lo común". Lo que encontrará será una narración cruda; un personaje cuya degradación lo cubre poco a poco; una familia, si se puede llamar así a un puñado de monstruos, que se ha convertido en una pesadilla a la que, lamentablemente, Gregor Samsa tiene que seguir ligado. No, lo "fuera de lo común" no es la experiencia maravillosa de las mutaciones que el lector esperaba: lo "fuera de lo común" es la vida cotidiana que se lleva, pero transformada en una quimera terrible.

Así, la palabra "metamorfosis" queda desterrada del sentido que Kafka quiso dar al cambio radical, mas no fantástico, en la vida de un individuo y en su relación con los otros. Este cambio es más cercano a nosotros, a nuestra rutina: es, por esto, sólo una "transformación". Pero como se dijo al principio, la publicidad, la comercialización que la mayoría de editores quiere aplicar a "La transformación", sea por simple costumbre o por fines (digamos) lucrativos, este relato kafkiano será conocido, lamentablemente y por un buen tiempo aún, como "La metamorfosis", la infame metamorfosis. Depende, pues, de nosotros, lectores que empezamos a relacionarnos con esta monumental literatura, no dejar que el prejuicio de lo "fuera de lo común" -tal y como lo hemos visto- no afecte el modo en que empezamos con esta lectura. Interpretaciones, puede darle usted las que quiera. Pero evite las metamorfosis innecesarias.

Así como aquella vez en que su incomodidad surgió frente a la posibilidad de mostrar un escarabajo en la portada de su obra, Kafka se revolcaría en su tumba viendo cómo se ha tergiversado, a través de un inesperado título, la esencia de su relato.







(
1) Jorge Luis Borges, "Un sueño eterno", El País, 3 de julio de 1983. Citado en: Franz Kafka, "La metamorfosis y otros relatos", introducción de Jordi Llovet. Planeta, 2000.
(2) Franz Kafka, "La metamorfosis y otros relatos". Introducción de Jordi Llovet. Planeta, 2000.
(3) Cfr. Fernando Sorrentino, " El kafkiano caso de la Verwandlung que Borges jamás tradujo". En "La máquina del tiempo":
www.lamaquinadeltiempo.com/temas/traducc/Sorrent.htm

domingo, 7 de septiembre de 2008

Adiós

Últimamente dejé de preocuparme demasiado por la relevancia de la existencia; tal vez a causa de Sartre estuve dejando un poco de lado mi teoría de los entes que pululan por ahí haciéndonos creer que vemos, olemos, oímos, es decir, haciéndonos creer que existimos. Al final, y esto es lo que me agrada pensar -aunque no necesariamente sea verdad, en lo absoluto-, todas las concepciones, llámense religiosas, filosóficas o científicas, me parecen más una serie de juegos en los que libremente podemos participar; juegos que asumimos a veces de manera muy seria, hasta fanática, y que en muchos casos terminan con la muerte o con el cambio de juego. Mientras unos llevamos en los hombros un año más de pesares, alegrías y humanidades por el estilo, otros terminan su juego de la manera menos ideal. Y muchos de éstos ni siquiera supieron que participaban en tal azar. O tal vez ni siquiera fueron incluidos en juego alguno.

Pero esto lo dice -o lo escribe, siguiendo las formalidades- un ser (en el sentido más superfluo de la palabra) que piensa, o que piensa que piensa, y es a través de esta facultad que se urde una gama de pensamientos estúpidos, relevantes, interesantes, enfermizos. ¿Y el animal no pensante? A este ser me ref
ería al mencionar a aquellos marginados de los juegos en los que los animales que razonamos participamos de forma natural. Ellos no están en la posición de pensar algorítmicamente sobre las problemáticas que al hombre siempre han inquietado. ¡Qué pueden opinar ellos sobre la existencia o la dualidad vida-muerte! Simplemente cumplen con su etapa biológica y no les importa si tras esto se van con quien los creó o si recibirán un castigo infinito. Sin embargo, si ellos mismos no tienen lástima por sí mismos, somos muchos de nosotros, seres de razón, quienes sufrimos por sus decesos.

Has muerto, pues, y no pude verte por vez última. Con vez última me refiero a que no tuve la oportunidad de mirarte con la intención de las despedidas; sólo te fuiste, acaso ya no podías esperar más. Pero yo soy más culpable. Pensando que todo estaría bien, al llegar a casa, no fui inmediatamente a verte, sino que asistí a la ordenación de mis libros. Escuché los cotidianos gritos de tu familia, pero no me pareció algo fuera de lo común. Pero al verte ya no eras más. Ya no eras más esa pequeña ave a la que traje en mis manos; ya no eras más ese perico pequeño que se hacía querer tanto, ni el padre de quince aves revoltosas. Te habías ido finalmente, tras unos días de agonía que yo no pude comprender del todo, esperanzándome en que todo saldría bien, en que volverías a cantar para que los demás te escuchasen con respeto, mostrándoles tu merecida posición privilegiada entre los veintitrés. Sólo me dejaste un pequeño cuerpo amontonado en una esquina; un cuerpo que era picoteado por una de tus hijas, no sé si por hambre o porque también tenía fe en que sólo estabas tomando un descanso.

Pensé que a mi madre le afectaría más que a mí tu partida. Al avisarle yo, confundido y sin entender aún el significado de lo que vi, se levantó del sillón y objetó mi exaltación. Me quedé en el cuarto contiguo y ella entró a sacarte de las barras. Colocó tu cuerpo en una bolsa y se negó cuando le di cuenta de mi deseo de observarlo. No pude verte otra vez, ni siquiera muerto. Salí enojado. No pude ni quise ver lo que mamá haría con tus restos. Pero lo imagino y se forma ese maldito nudo en la garganta.

Hubo una vez en que quise que me hablaras. Pero luego supe que era mejor comunicarnos mediante esas miradas de extrañeza que me lanzabas. Espero que te hayas ido sabiendo la gran estima que por ti sentí, y que ahora no es lo mismo entrar y ver a los veintitrés -ahora veintidós- revoloteando y gritando en la morada. Si ni tú ni el resto sintieron verdadera lástima por tu muerte, sabes ahora de uno que añora volver a esos días en los que jugabas con mis cabellos. Sabes ya de uno que llora tu adiós anónimo.



martes, 12 de agosto de 2008

Reencuentro

Hace unos días, urgando en algunos papeles que guardo regados por un rincón de mi cubil, encontré una serie de manuscritos míos, escritos aproximadamente hace unos seis o cinco años. Poemas acaramelados que escribía para aquellas niñas de la escuela, niñas de las que yo me "enamoraba" perdidamente, son lo que más abunda en este reencuentro con mi yo más joven. Poemas malísimos, cabe decir -excepto por uno 0 dos con alguna idea interesante, pero de todas formas mal confeccionados. Y sí: la vergüenza llegó al punto de querer quemar esos papeles; sin embargo me contuve, pues tal vez esos esperpentos servirían para recordarme una y otra vez que no sirvo para el arte poético. A pesar de lo dicho y de lo embarazoso que fue ese momento, encontré un escrito que me llamó la atención. Lo leí; no eran versos romántico-pueriles dedicados a alguna niña los que me encontré. Intenté recordar por qué había escrito eso, cuál era el fin de ese pseudopoema (creo que regresé a las invenciones léxicas; lo siento). Luego de un viaje fugaz a mis trece o catorce años, recordé. ¡Qué cosas no se nos ocurren cuando niños! Esos versos eran (ya no lo son, pues obviamente he abandonado esta empresa) el inicio de mi tentativa de urdir un poema épico. Seguramente influenciado por algún dibujo o una historieta élfico-medieval, me pensé capaz de crear una historia sobre, tal vez, caballeros, bestias divinas y qué se yo. Como dije, el papel sólo contiene el inicio de la historia, inicio que sirve como una introducción a lo que sería el argumento del pseudopoema. Sin embargo, lo que este preámbulo quiere decir es ya difuso tanto en la hoja misma como en mi memoria. Lo que es curioso, es que para ese entonces ya haya tenido conocimiento de lo que era el Valhalla. En fin, como en este blog por lo general escribo cosas sin importancia, reproduzco a continuación el bendito poema. No tiene título, encima de los versos sólo hay un dibujo de espiral.


Bajo las estrepitosas hojas
del bosque humano, salvación de Dios;
y sobre las cálidas brisas
que rodean la hierba, hermanos son,
yace sola, sola ante las fragancias,
la gris, leve y embalsamada crisálida.

En una noche roja, sin saber brotó.
Un ave, un bicho o tal vez un niño
la depositó en las hojas secas,
mientras la espada se mezclaba

con la carne despojada de los cuerpos
cuyas almas brindan ahora en el Valhalla.

O tal vez la creación divina
no introdujo su suerte a esta hazaña,
sino que fue el Destino,
dios nuestro, guerrero matutino,
responsable de este capullo
que servirá después como sepulcro.

Unos últimos comentarios al respecto. He sido totalmente honesto y he escrito los versos tal y como están en mi cuaderno escolar; excepto por algunas correcciones ortográficas, eso es lo que escribí, supongo, en un rato libre en la escuela. Tal parece que la historia iba a tratar sobre un héroe (no sé si humano, por lo de la crisálida) que o sería salvador de su pueblo o tenía una misión divina que cumplir o quién sabe qué. Hay cierta contradicción en lo que respecta a la idea de Dios (por un lado digo que Su salvación es la humanidad, que depende de ésta para ser concebido; por otro, parezco estar admirado de Su creación, lo que indica un cierto respeto hacia Él). Pero no creo que lo que escribí tenga la intención de apología del monoteísmo cristiano: por ahí escribo ya sobre un Destino como dios (sí, con minúscula esta vez) guerrero y matutino. Supongo también que la historia terminaría trágicamente: así lo expresan los últimos versos que hablan sobre un futuro sepulcro, acaso una muerte masiva. Las expresiones, a mi parecer, están llenas de barroquismo; algunas veces son incoherentes o innecesarias. Finalmente, luego de leer una vez más este escrito, me pregunto: ¿en qué demonios estaba pensando?

jueves, 24 de julio de 2008

Otro cuento breve y extraordinario

En el prólogo a "Cuentos breves y extraordinarios" (Losada, 1973), recopilación que de este tipo de literatura hicieron Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, se escribió lo siguiente: "Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal". Conocida es la opinión que tenían estos dos escritores acerca de esa literatura llamada (autollamada, en algunos casos) realista o, en otras oportunidades, psicológica: baste revisar el prólogo de Jorge Luis Borges a "La invención de Morel", obra de Bioy Casares, novela que el autor de "Ficciones" calificó como de "trama perfecta".

Por estos días he empezado a leer "La náusea", obra de Jean-Paul Sartre, y he encontrado un párrafo en el "capítulo" -la obra se confeccionó a manera de un diario, por lo que no existen capítulos propiamente dichos, sino fechas- "Viernes, las tres" que me parece encajaría muy bien con las condiciones planteadas por los argentinos en la susodicha antología. Si bien "La náusea" es una novela de corte existencialista y posee algunos rasgos de novela psicológica, este párrafo me parece desligado de estas tendencias: es más bien, un "cuento breve y extraordinario". El párrafo-cuento es el siguiente:

"Del montañés no veo sino un gran ojo reventado, lechoso. ¿Y era de él ese ojo? El médico que me exponía en Bakú el principio de los abortadores del Estado también era tuerto, y cuando quiero recordar su rostro, aparece de nuevo ese globo blancuzco. Esos dos hombres, como los nornes, sólo tienen un ojo que se pasan por turno".

Acaso el texto anterior sea muy breve para algunos. ¿Cuento? Sí, cuento. Que tenga más una apariencia de cita, no importa. Las citas abundan en esta antología fantástica. La única novela de Edgar Allan Poe sería un ejemplo, al igual que otros textos extraídos del Panchatantra, Heimskringla y de mútliples obras lamentablemente muy poco difundidas ya. ¿Nornes?







En la niebla

Yo creo que esta es una lucha interesante; metafóricamente interesante. Ya he dispuesto esa maderita rectangular y curva en uno de sus extremos, que sirve como sostén de uno de los contrincantes; la he colocado en la mesa sobre la cual, además, descansan la lámpara, la radio y algunos adornos insignificantes. Es hora de que se presente el primer luchador. Extraigo del paralelepípedo una envoltura ploma que guarda en su interior a nuestro gladiador. La rompo y, con un ponderado accionar de mis dedos, muestro al palillo de incienso lo que será su arena de combate. Se muestra rígido, dudoso del desarrollo de su lucha. Lo coloco en la madera y ya está listo, esperando la intervención del fuego. Para malestar de los espectadores aquí presentes, extraigo del bolsillo de mi casaca una cajetilla que lleva estampada en su centro un círculo rojo (rodeado de secundarios círculos de color blanco, plateado y negro), con una inscripción en lengua inglesa. Abro su cabeza y presento al segundo peleador, un cigarrillo totalmente blanco: es éste el villano del episodio, el odiado; todos esperan ansiosamente su derrota. Se muestra tranquilo, esperando mi indicación para el comienzo de la batalla. Ante los luchadores debo ser imperceptible; por ello, me recuesto sobre la cama y tomo esa novela que se supuso ininteligible, para leerla como si ignorara la posibilidad de una lucha. Entonces, listos todos, me recuesto, tomo el libro y enciendo al favorito de la audiencia; tras un pequeño incendio en su cabeza, el fuego desaparece y el incienso empieza la lucha emanando su fragancia. Enciendo el cigarrillo, que ya se muestra entusiasta por responder al ataque del rival, mientras el gentío hace notar su antipatía para con el luchador blanco. Y para conmigo, pues me repudian por ser quien lo alienta en la batalla, acaso por ser el único que lo apoya. Posado entre mis dedos, el cigarrillo ataca con su fragancia de tabacos varios. Ambos luchan; yo me hago el desinteresado, mis ojos recorren las líneas de una novela incomprendida; la lámpara persiste en iluminar la contienda; y la radio, mirando hacia la oscuridad de la triste ventana, canta las notas de una melancólica canción celta. El encuentro es intenso. Por momentos vuelvo mis ojos hacia el espectáculo y veo al humo azulino del palillo de incienso entremezclarse con el humo blanquecino del rival. La luz amarilla da a la contienda un tono épico, de una batalla decisiva. Las cenizas del cigarrillo se acercan cada vez más a mis dedos; las del incienso, no cubren aún la mitad de su cuerpo. La muchedumbre se emociona, pues ante estas condiciones piensan que la lucha la tiene ganada su héroe. Las fragancias, principales armas de la lid, han envuelto ya toda la arena de batalla y ninguno puede escapar de sus efectos. El incienso se cree ya vencedor, pero no se ha dado cuenta de que su rival tiene, además, la ayuda de mis pulmones; es decir, no sólo es el humo del cigarrillo, sino también el que expulsan mis órganos (que ayudan así al villano) los que lo atacan; desventaja que perjudica al héroe. Pero, a pesar de todo, mi luchador ya no puede más. Ha gastado su vida en esta contienda que supo absurda, para nada. Con una última ayuda mía, deja que el fuego llegue a su cabeza y entonces ya se ha dejado vencer, consumido en su totalidad. La algarabía no se hace esperar y los espectadores lanzan hurras y vivas por doquier. El palillo de incienso, orgulloso de su victoria, presupone que todo ha acabado, que puede descansar. ¡Qué iluso! No se ha dado cuenta de que esta batalla significaba su fin; de que, ganara o perdiera, estaba condenado. Entra en pánico al saber esto. Parece buscar alguna ayuda, acaso la mía. No la encuentra. Ni siquiera su público parece interesado en su salvación; al contrario, noto que los espectadores se encuentran en un éxtasis perverso, deseosos de presenciar una muerte más, sin importarles si el muerto será su alguna vez protegido gladiador. Hay más luz, más cantos bárbaros. Dejando las súplicas, el incienso, resignado, da cuenta de que solamente ha sido utilizado para el deleite voraz de un público despiadado; de que no ha participado de una lucha importante. No. Ha sido protagonista de una carnicería. Lanza un último grito, un reproche que nadie atiende. A pesar de la muerte de su héroe, los espectadores se felicitan por la victoria de éste; mejor la suya a la victoria del infame guerrero blanco. Pero algo anda mal. La lucha ha terminado; no obstante, las fragancias persisten. Y para nuevo malestar del público aquí presente, el vaho del tabaco va ganando terreno a la fragancia de benjuí. Este ha muerto ya. Aquél reina sobre todo el espacio de una contienda finalizada. Envuelve al público que clama piedad. Pero para él no existe la misericordia. Sólo me ha perdonado a mí, siervo del cuerpo que alguna vez habitó. La muerte del mártir no ha sido en vano.