martes, 16 de diciembre de 2008

Ensayo sobre Hegel

Algunas personas nos sentimos exaltadas, emocionadas, debido a la cercanía de las fiestas próximas; y no necesariamente por un sentimiento cristiano. La exaltación es tal que uno se deja envolver por la osadía, de manera que, por ejemplo, no le importa hablar u opinar sobre temas de los que no se está bien informado. Así, mi osadía (además, el hecho de no tener algo nuevo que publicar) me empuja a dejar aquí un ensayo que realicé para mi clase sobre Filosofía moderna. Como ya se habrá dado usted cuenta, el ensayo es sobre Hegel; permítaseme unas acotaciones previas. No trato sobre toda la obra de Hegel sino sobre dos o tres conceptos que persisten en el desarrollo de su pensamiento; esto no quiere decir que mi explicación sobre esos conceptos sea necesariamente correcta; me atengo a lo aprendido en clase. Por otro lado, quienes ya hayan leído a Hegel -además de ser totalmente libres para reprocharme la presente insolencia- seguramente esperan los términos "en-sí", "para-sí", "en-sí-para-sí"; quienes hayan leído a Marx -quien usa conceptos hegelianos, pero denominándolos de manera distinta- seguramente esperan los términos "tesis", "antítesis", "síntesis". Yo me remito a los términos que utiliza el propio Hegel. Por último, dejo en claro que no soy adepto del sistema hegeliano, aunque reconozco algunos aportes valiosos que dejó para la Filosofía -no entraré en detalles. Dicho lo anterior, reproduzco fielmente este ensayo que, al menos, me valió una calificación favorable, aunque no perfecta.

El sistema que G. W. F. Hegel (1770-1831) pretende fundamentar como “método” para la obtención del conocimiento verdadero, absoluto, es vasto y complejo. A esto ha de sumarse el lenguaje un tanto confuso y oscuro que utiliza para la exposición de su pensamiento. Presenta este sistema, a su vez, una serie de conceptos que resultan fundamentales para la comprensión correcta de la filosofía que Hegel ha concebido. Suele decirse que la “Fenomenología del Espíritu” (1807) es una suerte de “introducción” (acaso por ser la primera obra importante que escribió) al pensamiento hegeliano, pues en su contenido se encuentra gran parte de los conceptos que Hegel utilizará para estructurar su filosofía; entre estos conceptos, importantes son la “Conciencia natural” y la “Negatividad”, términos que tratarán de explicarse en las siguientes líneas.

La conciencia natural es el primer momento de la conciencia en su camino hacia el Absoluto. Es la conciencia más simple entre los momentos que constituyen el camino dialéctico hacia la conciencia absoluta. Se le denomina también con términos (usados por el mismo Hegel) como “conciencia sensible” o “ser-ahí” (término que, posteriormente, retomará Heidegger en su “Ser y tiempo”). La conciencia natural es una percepción fenoménica, es decir, un “darse cuenta” del objeto como fenómeno, de manera limitada, unilateral, abstracta; la percepción del objeto es limitada porque sólo podemos percibir un aspecto del mismo, un aspecto que es la forma tal como el objeto aparece –como fenómeno- ante nosotros. Asimismo, la conciencia natural constituye el darse cuenta la conciencia de sí misma pero aislada del exterior, sólo es capaz de reconocerse a sí misma. Por lo tanto, en la conciencia natural el conocimiento sólo puede darse parcialmente. Sin embargo, la conciencia natural es la base sobre la cual se desarrollará el movimiento dialéctico hasta llegar al momento del Absoluto: la conciencia natural comprende el momento del en-sí, el cual pasará, al reconocer la conciencia sus contradicciones, hacia un para-sí (o salida del en-sí de la conciencia hacia su exterior –tratando de ser reconocida por otra conciencia, que también pretende ser reconocida por encontrarse en la misma situación que la primera) y luego, finalmente, hacia el en-sí-para-sí, el cual constituye el regreso de la conciencia desde el exterior a su en-sí, el cual ha sido sintetizado con los aspectos positivos del para-sí. Tal es la importancia de la conciencia natural para el proceso dialéctico que llevará al Absoluto, pues da origen a una antítesis que la niega y que trabaja en sus contradicciones, de tal manera que luego pueda realizarse la síntesis del en-sí y del para-sí en el momento del Absoluto.

Para avanzar en los niveles de la conciencia, tenemos que permitir la contradicción de la conciencia natural, es decir, permitir el surgimiento de una antítesis, la cual, al ser superada (pero no obviada), permitirá llegar al saber absoluto. Lo verdadero, lo Absoluto, está al final del proceso dialéctico, al final del sistema que Hegel pretende mostrarnos; y lo verdadero es complejo, no puede obtenerse de manera inmediata sino a través de mediaciones entre los distintos momentos de la conciencia. Este “camino dialéctico” que se sigue es posible gracias a la negatividad, que surge, precisamente, para avanzar por los niveles de la conciencia. La negatividad es un concepto fundamental para entender el sistema hegeliano, pues muestra cómo es que del objeto de la conciencia natural se deriva una contradicción que, a su vez, será negada también, en favor de un nuevo momento que marcará la síntesis de ambos (síntesis del en-sí y del para-sí). Si bien a primera vista el término “negatividad” puede tener una connotación -valga la redundancia- negativa, lo cierto es que para Hegel la negatividad tiene una importancia positiva, pues la negatividad es la manera en que se pasa de un en-sí hacia un para-sí y, luego, hacia un en-sí-para-sí. Sin negatividad no habría Absoluto, pues se necesita de aquélla para superar y recuperar (lo que Hegel define con el término Aufhebung) los momentos anteriores al Absoluto. En ese sentido, acertada es la frase de Giovanni Reale, refiriéndose al pensamiento de Hegel: “Lo infinito [lo Absoluto] es lo positivo que se realiza mediante la negación de aquella negación que es propia de todo lo finito, es la eliminación y superación siempre activa de lo finito” (1). La negatividad es el motor que impulsa el movimiento dialéctico del ser-ahí hasta la conciencia absoluta.

La constante negatividad que nos lleva de un momento a otro hasta alcanzar el Absoluto, implica la superación de un momento de la conciencia por medio del momento que subsigue, es decir, del momento que niega o muestra las contradicciones del momento anterior. El momento especulativo del en-sí-para-sí es, además de tal superación, una recuperación de lo positivo del momento de la conciencia natural y del momento del para-sí; esta recuperación no habría podido lograrse sin la transición, por medio de la negatividad, desde el momento del ser-ahí hacia el momento del para-sí que contradice lo sustentado por el primer momento. Lo que aquí denominamos como “superación” y “recuperación”, Hegel lo manifiesta por medio de un solo término: Aufhebung (del alemán Aufheben). Dadas las dos denominaciones anteriores, las de “superación” y “recuperación”, podría pensarse en una ambivalencia cuya consecuencia sería la de una confusión debido a este exabrupto lingüístico; sin embargo, Hegel considera que los dos significados de Aufhebung son válidos para la explicación del proceso dialéctico. La superación del en-sí y del para-sí es una característica necesaria del Absoluto y, a la vez, el Absoluto tiene que haber recuperado los aspectos positivos de ambos momentos previos (superadas ya sus contradicciones): lo Absoluto, como infinito, tiene que contener (recuperar) los aspectos reformulados (superados) del en-sí y del para-sí.




1. Reale, Giovanni y Dario Antiseri: “Historia del pensamiento filosófico y científico” (Vol. III). Tres volúmenes. Tercera edición. Barcelona: Herder, 2001.




martes, 9 de diciembre de 2008

Alemania


Seré breve; mis circunstancias apremian. El insomnio trajo a mis manos un volumen de "El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo", de Friedrich Nietzsche. Tras una bella y esclarecedora introducción de Andrés Sánchez Pascual, el prólogo reza lo siguiente: "Este libro pertenece a los menos. Tal vez no viva todavía ninguno de ellos" (1).

La curiosidad trajo a mis manos un volumen de "Mi lucha", de Adolph Hitler. Tras unas líneas en las que el autor narra el contexto en que este libro fue escrito, el prefacio dicta lo siguiente: "Este libro no está escrito para los extraños, sino para los adherentes al movimiento que pertenecen a él de corazón y desean ilustrarse a su respecto" (2).

Como el lector sabrá, mucho se ha escrito (y especulado) sobre la supuesta influencia que el pensamiento de Nietzsche habría ejercido sobre la doctrina nacionalsocialista. Por mi parte, espero aún esclarecer esta información. Ya se habrá dado usted cuenta del "parecido" que hay entre ambos fragmentos. Sería, sin embargo, irresponsable hablar de cualquier forma de plagio; habría que indicar dos puntos al respecto: primero, que persisten aquéllos quienes señalan que Hitler jamás leyó la obra de Nietzsche; segundo, que mientras el primer fragmento se nutre de un sentido filosófico, el fragmento de Adolph Hitler tiene un sesgo netamente político. Interesante es observar que frases similares puedan servir de sustento a fines diferentes y a posiciones que han de encontrarse separadas, como es el caso (algunas muchas veces) de la Filosofía y la política. Hitler no pudo ser el Superhombre; Hitler nunca siguió el proceso.




(1) Friedrich Nietzsche, "El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo". Introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 1993.
(2) Adolph Hitler, "Mi lucha". Traducción de Alberto Saldivar. Buenos Aires: Luz - Ediciones modernas, s/f.









domingo, 30 de noviembre de 2008

Cervantes, incinerado

Recuerdo que hace algún tiempo, en la televisión nacional se transmitía un programa en el que se comentaban algunas de las grandes obras de la Literatura universal. "Vano Oficio", conducido por el escritor Iván Thays, ha sido cancelado ya; sin embargo, aún recuerdo un segmento suyo bastante singular. Antes de pasar al bloque de los comerciales, se mostraba una entrevista, bastante breve, hecha a algún personaje de la actualidad peruana; una de las preguntas (la cual es el motivo de este escrito) era la siguiente: "¿Qué libro quemaría usted de tener tal oportunidad?" Las respuestas más frecuentes eran: los libros de Coelho, los de Carlos Cuauhtémoc y los de autoayuda en general; escuché también que deberían ser quemados todos los libros de Freud. Algunos, no sé si honestamente, decían que quemar un libro era un acto de intolerancia y que no debería quemarse ninguno, aunque sea el peor jamás escrito, etc.

Hace unos días volví a recordar esta pregunta tan feliz y me dije a mí mismo: ¿Qué libros quemaría de tener la oportunidad? En un primer instante se me ocurrieron las respuestas acostumbradas, señaladas líneas arriba; pero luego, se me presentó lo siguiente: ¿Por qué no quemar al Quijote? Fui víctima de un gran entusiasmo.

No es que odie al Quijote; no, en lo absoluto. Sólo pensé en qué ocurriría si no existiera el Quijote. No me refiero a una incineración cualquiera del Quijote, sino a que el Quijote desapareciera totalmente de la historia. Para esta absurda empresa habría hecho yo lo siguiente. De alguna forma, acaso usando los múltiples universos de Everett o transportándome en la máquina del tiempo según Tipler, viajaría hacia el año 1605, llegaría a Madrid y destruiría la casa de Juan de la Cuesta para evitar la impresión de los volúmenes de la novela en cuestión. O (tal vez) mejor aún: llegaría a esa cárcel en Sevilla, si mal no recuerdo, donde estuvo encerrado Cervantes por algún tiempo, cárcel en la que habría de concebir su novela - y manipularía el contexto, su vida, de forma tal que no hubiera podido imaginársele escribir jamás acerca de un fanático de las novelas de caballería. Una empresa absurda, como dije; pero tan sólo preguntémonos, ¿qué pasaría si no hubiera Quijote?

Si me refiero a esta novela de Cervantes, es porque no estoy hablando de una obra cualquiera, sino de una que alteró la Literatura (no sólo la literatura española, sino la Literatura) de manera tal que se habla de esta novela como el símbolo e inicio de la época moderna; incluso algunos se atreven a decir que "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha" es la obra más importante de toda la historia literaria. Y es por estos motivos que mi pregunta florece. ¿Sería la Literatura igual a como la conocemos ahora? ¿Sería mejor? ¿Peor? Todo el mundo literario se ha enriquecido del Quijote, desde Latinoamérica hasta Rusia... creo que ningún escritor ha podido salvarse de esta obra; la han aceptado o la han rechazado, pero no ha podido obviarse nunca. No sé que responder a estas preguntas que me he formulado; si el Quijote no existiera, simplemente no nos habríamos dado cuenta de esta obra, jamás. Ni siquiera imaginaríamos que una novela de tal calibre habría podido existir. Pero así como no podríamos imaginar el Quijote en caso de que no existiese, tal vez para nosotros, habitantes de este mundo, de esta realidad, no nos es accesible pensar en una obra más grande aún que la de Cervantes; no nos es posible concebirla, no tenemos ni idea de si existe (siguiendo un poco la teoría de Everett) en algún otro
lugar. Tal vez allí, donde nunca estuvo Alonso Quijano (tal vez, ni Cervantes), no existiría Literatura; tal vez allí, no existirían Dostoievski, Turguenev, Kafka, Kundera, Cortázar, Vargas Llosa (!); tal vez allí, en ese mundo al que jamás podremos acceder, sí existió Pierre Menard.










jueves, 20 de noviembre de 2008

Demonbearer, de Glauconar Yue

El texto que reproduzco a continuación es un cuento titulado "Demonbearer", del (relativamente) novel escritor Glauconar Yue, quien, a su vez, ha publicado ya una nouvelle llamada "El empalador" (Bizarro ediciones). El interés por los escritos de este autor puede saciarse visitando su blog, cuyo enlace se encuentra en esta página (parte inferior derecha). El texto ha sido tomado del blog "Amores bizarros", de Max Palacios; me tomé el atrevimiento de corregir algunos errores de redacción; en todo caso, pueden ver el texto original en el blog citado.


El tío de Lucía había venido de Estados Unidos a visitarlos y los padres decidieron que era propicio invitarlo a cenar. Así que fueron todos en familia, los dos padres, el tío y Lucía, a uno de los restaurantes más conocidos. Ella llevaba una blusa blanca, una faldita corta y una vincha roja reteniendo su pelo negro lacio, el cual cubría solo parte de su cuello. Encontraron un lugar en la terraza, frente a la gran fuente con luces de colores. Había muchísima gente hablando y en el fondo sonaba una música ligera. El tío contaba sobre Manhattan y cómo eran las cosas ahí y, en cierto modo, todos ya lo sabían porque salía en todas las películas. Hacía un leve viento de primavera, fresco pero no frío, que cargaba el perfume de las señoras y el humo de los fumadores. Pronto vino el mozo vestido impecablemente y preguntó qué querían. Cuando le preguntaron a Lucía, ella no supo bien qué decir, murmuró algo sin dejar de clavar sus ojos en el mantel. Así que el padre pidió algo por ella, milanesa de pollo, eso siempre le gustaba. Poco después de haberse ido el mozo, Lucía se levantó y dijo que tenía que ir al baño. El tío se quedó mirándola mientras se iba y comentó que era una niña muy linda pero algo extraña. El padre lo tranquilizó [diciéndole] que eso siempre sucedía con los adolescentes, a ella le daba de vez en cuando, pero pronto se le pasaba.

Mientras, Lucía en el baño se miraba al espejo y sentía el sudor frío correr por su frente. El colegio se había puesto pesado y además estaba el chico de al lado, del que no sabía lo que quería en verdad, y ahora venía su tío y ella tenía que quedar bien, tantas cosas, eran todas importantes. Pero justo entonces le tenía que suceder eso, justo en ese momento. La vez pasada nadie se había dado cuenta, por suerte, nadie lo había visto, ella luego había también llegado a creer que había sido un sueño, pero entonces estaba ahí de nuevo: el sudor frío, las náuseas y ese algo moviéndose dentro de ella sin parar. Se echó agua fría a la cara pero se sintió aún más mareada y tuvo que sentarse en el escusado porque perdía el equilibrio. Después se apoyó en la pared, abrió la tapa del water y escupió dentro. De pronto se sintió ridícula, se olvidó de todo y se puso de pie de nuevo. Las cosas tenían un extraño silbido, ya no tenía jaqueca sino un completo vacío en la cabeza que no le dejaba pensar en nada, las luces se veían mucho más claras y distantes, todo como en video. Salió caminando de ahí, sintiéndose quizá algo mejor, pasó por entre la gente que conversaba banalidades y frente a los mozos y se paró al medio de la plaza, frente a la fuente iluminada. Y dejó que suceda. Su pecho estalló, arrojando una cosa que se abalanzó contra la gente, gruñendo, mientras Lucía lo observaba sin moverse, completamente ilesa.


Considero que lo más memorable de esta breve narración es su final, tan inesperado como impactante. No ha sido necesaria la descripción explícita de la escena última; uno puede imaginar claramente a ese ser (algo) inocente, destrozado, observando cómo su cría (?) aniquila a todos los individuos posados en la plaza que, increíblemente, se ha convertido en el escenario de una carnicería. En mí se formó la mirada de la niña agonizante, una mirada que denota un por fin alcanzado alivio; y una sonrisa sombría que por breves instantes (suponiendo que la niña muere tras el alumbramiento) goza de la desesperación de las personas que, acaso, claman por última vez la clemencia de Dios.




martes, 4 de noviembre de 2008

III

La situación obligaba a que uno se sentara al lado del otro. Un asiento desastrozo, pero libre, fue causa de la proximidad en que se encontraban los cuerpos. Interrumpió su lectura y alzó la mirada débil; contempló la joven figura que se acercaba a su lado derecho. La mirada intrusa lo perturbó, haciéndole volver los ojos a los desastres que llamaban palabras. Ya establecidos, sintió cómo la joven acomodaba su falda de tal manera que se cubrieran sus piernas delicadas; las miradas de las bestias circundantes la hacían sentir amenazada y divina. Un sobresalto del móvil hizo que el hombre se perdiera entre las letras de los documentos; no importaba, de todos modos ya no era su intención la de seguir leyendo.

Por un momento pensó en el Destino del que siempre había dudado. Y es que no se le ocurrió jamás un momento como este, el de ahora. Bien. Ya no importaba la causa primera de esta experiencia. Había ya que disfrutar el momento.

En principio, no haría nada. Sólo dejaría que los vaivenes del móvil permitieran la colisión de ambos. Pero empezó a divagar. La juventud que ahora estaba perdida, regresaba repentinamente mediante la figura fulminante de esta anónima jovencita. Su falso pudor no le permitió dar libremente una vuelta más a su cabeza, por ello sólo tornó los ojos al máximo hasta fijarlos imperfectamente en las mejillas de la muchacha. La mirada torpe pudo admirar los ojos de la niña distraída. Su juventud era una salida refrescante. Necesitaba una salida, aunque nunca supo de manera precisa qué era aquello de lo que quería escapar. Sólo habían puertas. Pero esta era la más grande.

Al fin. Un sobresalto hizo que el brazo de la joven rozara el suyo. Sí, sintió que ese diminuto cuerpo deseaba poseerlo de alguna manera extraña. Su anatomía gastada, ya casi moribunda, se sintió deseada, acaso por última vez. Creció su vigor, y sus pensamientos oscilantes entre lo turbio y lo romántico se enlazaban con la esperanza de lograr una pequeña aventura. Sí, tal vez aún no estaba todo perdido. Pero todos sus razonamientos se desmoronaron al escuchar un "discúlpeme" que salía de los labios de la joven. Era señal de desencantamiento. Sintió como si las sílabas tan bien pronunciadas por
esa muchacha denotaran asco ante su senil presencia, como si la presencia de ese viejo enfermizo provocara las ganas de la muchacha por salir de allí de inmediato, como si su condición de hombre hubiera sido desvalorada hasta límites insondables, como si... como si...

Tras ese viaje monstruoso, decidió y, más bien, comprendió que ya todo había sido dicho. Ya no necesitaba de ese trabajo agotador para satisfacer necesidades ajenas (¡el mundo sabría cuidarse solo!), ni de sus paseos absurdos para dar cuenta ante nadie -pero ante todos- de su aún persistente existencia. No, ya nada sería necesario. Sólo llegó a su casa, y pensó que ciertas cosas tenían que ser relatadas. No para ese resto que jamás se interesó por él, sino que tenía que rendir cuentas ante su propio tribunal acerca de su aventura infame. Subió a su viejo estudio, tomó una hoja y una pluma algo muerta. Escribió estas líneas que pretendió anónimas; líneas que, aunque sin valor alguno, sobrevivirían un poco más que su propio autor.



domingo, 2 de noviembre de 2008

Artificios

Tristeza. La nomenclatura de este sentimiento, tan violado e incomprendido por estos días, es el primer síntoma que acude a mi pensamiento cuando reflexiono un poco sobre este "problema" que en las líneas siguientes trataré de esbozar. Digo que trataré porque dudo poder exponer adecuadamente la materia de mis cavilaciones recientes.

Con el transcurrir de los días, siento que la desaparición de la Naturaleza se agudiza. No porque el mundo se esté acabando, sino porque es mi miopía la que también siento agudizarse. Desde hace unos años, casi sin darme cuenta, las cosas tienden a difuminarse ante mis ojos. La personas, los lugares, las estructuras: todo se vuelve confuso. Como dije, al principio no noté plenamente esta compleja situación; ahora, es algo que por momentos motiva algunas meditaciones desesperadas. Si no fuera por las debidas refutaciones formuladas para apaciguarlo, acaso confiaría en Descartes, a modo de consuelo. ¡Qué satisfacción la de obviar lo que perciben mis sentidos -mi vista- por ser estos engañosos y por no llevarme al conocimiento de la verdad! Con mayor razón me encomendaría en el pensamiento cartesiano tratándose de no confiar en lo que percibimos a lo lejos, pues con lo cercano aún no tengo muchos problemas. Aval para el conocimiento o no, el hecho es que ya no puedo percibir mi entorno como debiera hacerlo una persona cuya visión se encuentra en perfecto estado(*). Sí, existe un artefacto. Poseo uno. Pero, ¿podrá comprenderse cuán incómodo y patético es utilizarlo? Cierto, lo último habla sólo por mí; si el resto que usa anteojos toma esta situación -que detesto- de manera indiferente o normal, pues es su respetable opinión -la cual, no comparto. No puedo andar del todo tranquilo sabiendo que para observar los sucesos que se alzan frente a mí, tengo que utilizar dos pedazos de resina unidos; o que para dejar estos engaños tengo que someterme a una operación: es angustioso darse cuenta de que no podré observar plenamente mi entorno, de manera completamente natural. No soy ciego, es categórico; acaso ya se me está acusando de fatalista por hacer de una miopía, una tragedia edípica. Pero considero necesario, en cierto sentido, reflexionar así.

"No importa, no te pierdes mucho", diríame alguien. Poco o demasiado, esta realidad (es decir, la Naturaleza y los momentos actuales) es la que me ha tocado vivir, y es insoportable no poder disfrutarla o aborrecerla cabalmente, en todos sus aspectos.

Una vez pensé en elegir: la vista óptima o la ceguera. La miopía es un limbo entre ambos estados que me es incluso más trágico que la ceguera total. Si no puedo observar el mundo nítidamente, prefiero no verlo en absoluto. Pero, como optar por tal elección significaría recurrir a una solución radical y que, en cierto modo, podría llevarme a un dogmatismo infeliz, tengo que optar por resistir: resignarme a llevar un objeto sobre mi nariz cuando sea completamente necesario -porque me rehuso a usarlo permanentemente.

En estos momentos estoy recordando a un par de honorables ciegos, a Demócrito -según cuentan- y a Borges. Del primero, hay una leyenda que podría explicar el sentido de la elección anterior: se arrancó los ojos para no ser engañado por el mundo. Prefiero lo que cuenta Cicerón en sus "Disputaciones tusculanas", que, aunque ya no podía "distinguir el blanco del negro; podía aún, sin embargo, distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo honesto de lo torpe..." (1); que, a pesar de no distinguir ya el mundo, era feliz. Decía Demócrito, incluso, que "peregrinaba por todo el infinito, sin que ningún límite lo detuviera" (2). Por otro lado, dice Borges, en su conmovedor "Poema de los dones": "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche" (3). ¡Qué tortura la de tener a disposición toda una serie de libros, y no poder leerlos a causa de ese déficit!

No creo llegar a la ceguera total, al menos eso espero. Y si me quedo totalmente ciego (seamos, pues, un poco radicales), espero haber acumulado previamente el suficiente conocimiento del mundo como para poder elaborar imágenes infinitas en mis pensamientos (entonces) oscuros. Supongo que aún podría escribir: sólo necesitaría papel, lápiz y un pulso controlado. A menos que la ironía de Dios se extienda hasta el punto de derretir paulatinamente mis manos y, finalmente, mi cuerpo todo.





(*) Para no incurrir en el problema de la Perfección, sería mejor limitarme a decir "visión en condiciones óptimas"; sin embargo, dejo la frase original por suponer que el lector comprenderá a qué me refiero con ella.
(1) "Los filósofos presocráticos. Fragmentos III (Leucipo y Demócrito)". Traducción de María Isabel Santa Cruz de Prunes. Barcelona: RBA, 2003.
(2) Ibid.
(3) Jorge Luis Borges, "El hacedor". Madrid: Alianza editorial, 2004



jueves, 2 de octubre de 2008

De una transformación

Gran parte de quienes se han acercado a la obra de Franz Kafka lo ha hecho a través de esa gran y, muchas veces, poco comprendida novela -o relato, si su extensión no complace al lector como para denominarla "novela"- llamada comúnmente, "La metamorfosis". Sin embargo, poco conocido es el problema que ha suscitado la traducción del título de esta obra. Presento pues, una breve explicación de esta pequeña "polémica".

Me enteré del tema a través de Jordi LLovet, gran y sobresaliente estudioso de la obra de Kafka. En el prólogo a "La metamorfosis", Llovet empieza así: "Con ocasión del primer centenario de la muerte de Kafka, un periódico publicaba el 3 de julio de 1983 unas declaraciones de Jorge Luis Borges, antiguo conocedor de la obra del escritor praguense, que incluían este párrafo (...): 'Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es
La transformación, y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate, yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán. Cuando trabajé con la obra el editor insistió en dejarla así porque ya se había hecho famosa y se la vinculaba con Kafka'" (1). Así, el título original en alemán es "Die Verwandlung" y no "Die metamorphose"; confieso que no conozco el idioma alemán, pero sí tengo muy claro que "Verwandlung" significa en español simplemente, "transformación". Para corroborar lo último, cito nuevamente a Llovet, quien continúa su prólogo de la siguiente manera: "En su lengua original, efectivamente, la narración llevaba por título Die Verwandlung, que no significa otra cosa que transformación, cambio de forma, mutación del aspecto exterior. Esta palabra alemana no sugiere ningún cambio esencial, y mucho menos indica la participación de causas sobrenaturales o de poderes incomprensibles: en estos casos, la lengua alemana usa mucho más la voz de origen griego Metamorphose que la muy corriente, como bien sabía Borges, Verwandlung"(2).

Fernando Sorrentino, autor de "Siete conversaciones con Jorge Luis Borges", informa (también en boca del autor de "Ficciones") que es muy probable que la traducción al español clásica de este relato que se atribuye a Borges (pero que en realidad, es de procedencia anónima), se haya realizado a partir de una traducción francesa de la misma. En francés,
La transformación -desde ahora llamaré así al relato- se tradujo como "La métamorphose", acaso con vistas a incitar un cierto misticismo, y es muy probable que de aquí provenga para nosotros, hispanohablantes, la mal llamada "metamorfosis". (3)

¿Y cuál es el problema -diría el lector- de llamar "metamorfosis" o "transformación" a la obra; total, no es el contenido el mismo? A grandes rasgos, sobretodo en lo que respecta a la última parte de la pregunta, es cierto que el contenido "es" el mismo; repito: a grandes rasgos. Para aclarar un poco este asunto, voy a comentar algunos aspectos sobre la importancia que toma -o tomaría- el título de la obra kafkiana como primera impresión en nosotros, lectores.

Imaginemos a un individuo que nunca ha leído a Kafka; imaginemos a los escolares de secundaria, quienes, por mandato del profesor, tienen que leer "La transformación". Obviamente, en las escuelas (al menos en las escuelas nacionales) se sigue utilizando el título erróneo, "La metamorfosis"; así que, al escuchar por primera vez el título, el estudiante -entusiasmado o no por leer el relato- tiene la primera impresión de una obra "fantástica", fuera de lo común, donde los personajes mutan en otros personajes extraordinarios. Seguramente ya pensará usted que exagero, pero, créalo o no, estas impresiones suceden: le ocurrió a algunos compañeros míos en la escuela, cuando tuvieron que leer la obra en cuestión. Entonces, entusiasmado, el nuevo lector ya tiene una imagen de lo que será el contenido de la obra. Pero, tras el único suceso que podríamos llamar "extraordinario", Gregor Samsa despertando y viéndose como un insecto gigante, el lector no encontrará algo "fuera de lo común". Lo que encontrará será una narración cruda; un personaje cuya degradación lo cubre poco a poco; una familia, si se puede llamar así a un puñado de monstruos, que se ha convertido en una pesadilla a la que, lamentablemente, Gregor Samsa tiene que seguir ligado. No, lo "fuera de lo común" no es la experiencia maravillosa de las mutaciones que el lector esperaba: lo "fuera de lo común" es la vida cotidiana que se lleva, pero transformada en una quimera terrible.

Así, la palabra "metamorfosis" queda desterrada del sentido que Kafka quiso dar al cambio radical, mas no fantástico, en la vida de un individuo y en su relación con los otros. Este cambio es más cercano a nosotros, a nuestra rutina: es, por esto, sólo una "transformación". Pero como se dijo al principio, la publicidad, la comercialización que la mayoría de editores quiere aplicar a "La transformación", sea por simple costumbre o por fines (digamos) lucrativos, este relato kafkiano será conocido, lamentablemente y por un buen tiempo aún, como "La metamorfosis", la infame metamorfosis. Depende, pues, de nosotros, lectores que empezamos a relacionarnos con esta monumental literatura, no dejar que el prejuicio de lo "fuera de lo común" -tal y como lo hemos visto- no afecte el modo en que empezamos con esta lectura. Interpretaciones, puede darle usted las que quiera. Pero evite las metamorfosis innecesarias.

Así como aquella vez en que su incomodidad surgió frente a la posibilidad de mostrar un escarabajo en la portada de su obra, Kafka se revolcaría en su tumba viendo cómo se ha tergiversado, a través de un inesperado título, la esencia de su relato.







(
1) Jorge Luis Borges, "Un sueño eterno", El País, 3 de julio de 1983. Citado en: Franz Kafka, "La metamorfosis y otros relatos", introducción de Jordi Llovet. Planeta, 2000.
(2) Franz Kafka, "La metamorfosis y otros relatos". Introducción de Jordi Llovet. Planeta, 2000.
(3) Cfr. Fernando Sorrentino, " El kafkiano caso de la Verwandlung que Borges jamás tradujo". En "La máquina del tiempo":
www.lamaquinadeltiempo.com/temas/traducc/Sorrent.htm