
Hace una semana estuve paseando por las calles olvidadas de Lima céntrica y, mirando tienda tras tienda, llegué a un lugar que frecuentaba mucho cuando tenía 14 ó 15 años: el Boulevard de la cultura, en el jirón Quilca. En otra ocasión daré mi opinión sobre este viejo rincón catalogado como "contracultural".
Entré y empecé a recorrer cada puesto de libros, de música, de ropa, como andando sin fin alguno, hasta que me encontré con la Proveedora. Yo no me había percatado de su presencia: me pareció verla, pero no estuve seguro y seguí mi camino inerte. Pero ella sí me vio. Y no tuvo mejor idea que llamarme. Confundido, hice caso a su llamado y me adentré en su tienda de 1 por 1m. Obviamente me llamó con el fin de persuadirme y comprarle uno de los libros que vendía (por cierto, tiene muchos libros interesantes; rarezas incluídas), con la esperanza de que las cosas se repetirían como la vez en que le compré "La rebelión de las masas". Entonces husmeé en su mercancia y encontré "El extranjero"; le pregunté cuál era su costo y dejé el libro en su lugar cuando me respondió con una cifra que en ese momento no podía pagar.
- ¿Tiene algo de Dostoievski?
La Proveedora se alejó a otro lugar para buscar mi pedido, especificándole previamente que no quería obras como "Crimen y castigo" o "El jugador", sino las menos comunes, las que no podría encontrar en la feria de libros del jirón Amazonas. Durante su ausencia me adentré un poco más en su aposento (había veces en que la Proveedora se quedaba a dormir allí) y revisé los libros que no estaban en exposición abierta -aquellos que estaban, por decirlo de algún modo, en el almacén-. Había libros de Freud, Tolstoi, Cervantes, Borges... encontré a Dostoievski. Para sorpresa mía era una de sus obras menos divulgadas en las librerías ambulantes de la ciudad: "Apuntes del subsuelo".
- No, joven. No tengo.
Me apresuré, emocionado, a pagarle las 12 monedas correspondientes al libro que encontré, la Proveedora sumergió mi compra en una bolsa y me alejé, dándole mis mil gracias. En el camino de regreso a casa pensé que sería bueno abrirlo de una buena vez, pero, respetando la emoción del momento, decidí no abrirlo hasta llegar a la privacidad de mi habitación.
Al fin, luego de casi una hora de viaje, llegué a mi cubil y, con gran avidez, quité el plástico que cubría mi nuevo libro. ¡Qué cosas tan inesperadas pueden sucedernos cuando la emoción nos invade! Resulta que, debido a la emoción y al no querer abrir lo adquirido, no revisé, pues, los adentros del libro. ¡Qué desilusión me encadenó al notar que muchas frases de la obra estaban subrayadas! Peor aún: en la hoja de respeto se había estampado un sello con el nombre Alfonso Gómez, ingeniero. Quizá no me hubiera exaltado tanto si lo subrayado se hubiera realizado con lápiz, ¡pero no! Se había profanado el libro con tinta líquida de color negro.
Entonces, luego de narrar esta experiencia un tanto desagradable, expreso mi "queja". El subrayar textos, a mi parecer, es una técnica que puede ayudarnos con el estudio, recordarnos cosas que captaron nuestro interés; pero esta práctica se debe hacer siempre y cuando lo subrayado lo conservemos para siempre. No es justo que, luego de algún tiempo, ofrezcamos a la venta aquello que ya hemos subrayado; incluso me permito decir que ello es una falta de respeto para con el lector que, en un futuro, se encontrará con estas líneas. Hay otras formas de capturar esas frases, como, por ejemplo, apuntarlas en un papel aparte como Harry Haller, según nos cuenta Hesse en "El lobo estepario".
Felizmente, "Apuntes del subsuelo" es una obra interesantísima y, a pesar de las desagradables rayas extra que contiene, puedo disfrutar una y otra vez de su lectura. Entonces, la moraleja es: "Si subrayas tu libro, ¡no lo vendas!". Ojalá pueda hablar uno de estos días sobre mis impresiones al respecto de esta magnífica (hasta ahora) obra.